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ISSN 1989-4163

NUMERO 38 - DICIEMBRE 2012

Todo está Tranquilo Arriba

José Morella

Autor: Gerbrand Bakker. Traducción: Julio Grande. Editorial Rayo Verde. 288 páginas. 20 €

Una vez el maestro budista Tanzan viajaba a pie por un camino lleno de barro acompañado de un monje joven llamado Ekido. En un cruce se encontraron con una chica -muy guapa- que quería pasar al otro lado del camino pero temía enfangar sus zapatos y su kimono de seda. Tanzan se la subió a hombros, cruzó el charco y la dejó al otro lado. Ekido estuvo mordiéndose la lengua durante horas, pero al anochecer ya no aguantaba más: nosotros somos monjes, protestó, y tenemos prohibido el contacto con mujeres, sobre todo tan jovenes y guapas como esa. ¿Por qué lo ha hecho, maestro? Tanzan le contestó: yo la he dejado allí. Pero tú, después de tantas horas, todavía estás cargando con ella. Esta introducción un poco larga viene a cuento porque creo que Todo está tranquilo arriba habla de eso constantemente, incluso cuando parece no hacerlo. De las cosas que cargamos en la mente y en el corazón no sólo durante horas, sino durante meses, años o la vida entera. Helmer es un granjero que no eligió serlo. Si su hermano gemelo Henk, el preferido de su padre, no hubiera muerto 35 años antes, seguramente Helmer habría terminado su carrera universitaria y tal vez sus verdaderos deseos -así como su homosexualidad, latente durante toda la novela-, ya se habrían podido manifestar. Pero eso tampoco lo sabemos, y no es lo que interesa. Lo que interesa es qué se hace cuando ya no hay tiempo; o si es verdad que ya no hay tiempo. Lo que interesa en esta novela es cómo mirarnos con honestidad y decirnos lo que no nos hemos atrevido a decir antes, por muchos años de retraso que llevemos en lo que a honestidad se refiere. Es una novela sobre el despertar a la propia vida. Sobre el darse cuenta de que cargamos sobre los hombros a una señorita con kimono desde hace mucho. Los lectores del libro que no piensen sobre sus propias muchachas japonesas y lo mucho que pesan con el paso del tiempo, o bien no cargan con ninguna o es que no se atreven todavía, ni aun con la ayuda de la novela, a mirarlas y a reconocerlo.

Al morir Henk, el granjero van Wonderen obliga al hijo que le queda vivo a heredar varias cosas que en principio no eran para él: la granja, la tarea de ordeñar a las vacas a diario sin un sólo día de vacaciones en su vida y la obligación de hacerse cargo de sus padres en su vejez. La novela empieza cuando Helmer, o habría que decir el resentimiento de Helmer, exilia a su padre al desván de la casa. Helmer van Wonderen, un hombre de 55 años, está tan sólo empezando a verbalizar el rencor que siente por quien le arruinó la vida y le trató siempre con desprecio. Perdonarle queda aún más lejos. Un pelín tarde, diría yo. Pero la tesis de la novela es optimista: nunca es tarde para eso.

El libro está escrito con una precisión que se disfruta mucho: los diálogos son tan buenos y económicos que no parece que pudieran haber ocurrido de ningún otro modo. Los nombres de los animales, el conocimiento milimétrico del campo, de la vida en la granja, de la naturaleza: uno no cree que existan todavía cosas así, gente así. De hecho la novela cuenta, en parte, el proceso de extinción de esa gente. Gerbrand Bakker, el novelista, también parece un animal en vías de extinción. He leído alguna entrevista suya y le he visto en youtube: no se distingue en él ni un ápice de exageración o vulgaridad. Para nada la creencia molesta y falsa -ni explícita ni implícita- de que escribir o publicar o recibir premios (el último, el Premi Llibreter 2012) te hacen interesante, importante o mejor. Ninguna tensión, ningún alarde. Cuando habla de David Colmer, su traductor al inglés y clave en su proyección internacional, dice: él me hizo darme cuenta de que el libro era un libro y de que yo era un escritor. Bakker es jardinero profesional. También es, en invierno, monitor de patinaje. Si se presentara a algo, yo le votaba.
Volviendo al texto, el personaje de Riet es clave para entender a Helmer. Riet era la novia de su hermano Henk. Ella conducía el coche en el accidente que le mató. Riet se casó con otro y vivió su vida. Ahora, cuando han pasado tantos años y su marido ha muerto, vuelve a comunicarse con Helmer y le pide que albergue y dé trabajo en la granja a su hijo. Riet también carga cosas a sus espaldas. Carga rabia desde hace años por no poder haber sido la granjera de esa granja. Es muy inconsciente: juzga a Helmer injustamente y no ve más que lo que ella quiere. No tiene ninguna empatía con nadie. Está enfadada con todos. Sus maniobras para conseguir algo más de esa familia, de la que sólo quedan ya Helmer y el moribundo señor van Wonderen, son una nueva explicación, una nueva oportunidad para que Helmer comprenda. El puede hacer lo de siempre -vivir en función de los otros y olvidarse del deseo propio por miedo o comodidad- o soltar de una vez a la niña del kimono y no volver a pensar en ella. Lleva treinta y cinco años ordeñando vacas y dándoles de comer a los burros. Ahora podría tomarse unas vacaciones. Nunca es tarde.

Todo está tranquilo arriba

 

 

 

 

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